17- EN LA CALLE

 

 

 

El mundo es nuestro hogar, Dios lo ha hecho bueno “y vio Dios que era bueno” –Génesis, 1,10-, y nos lo ha entregado para que en él buscáramos nuestra santificación.

 

Somos como una gran familia: "la familia de los hijos de Dios". Pero así como en toda familia hay malos y buenos hijos, en nuestra gran familia de la tierra el mal está por doquier, arrastrando a muchos hermanos nuestros. El bien tiene que convivir con el mal y por eso, los cristianos vivimos en el mundo pero procurando no ser mundanos, de igual menara que el alma está en el cuerpo, pero no es corpórea. Así visto, se hace necesaria la lucha diaria y sin cuartel contra las malas inclinaciones que llevamos dentro y que del mundo se nos pegan, no vaya a ser que en vez de mejorar el mundo, nos mundanicemos nosotros. El escenario es ilusionante: ser "contemplativos en medio del mundo" y "ahogar el mal en abundancia de bien" ( San Josemaría ).

 

¿Que no se puede?. En la calle está Dios, y en las criaturas (en el centro de nuestra alma), en las cosas bellas de la vida y en nosotros mismos "físicamente" cuando lo acabamos de recibir en la Sagrada Comunión: en esos momentos somos sus "piernas" para caminar, sus "ojos" para contemplar a los demás...

 

"Viviendo en medio del mundo -siendo personas de la calle-, sepamos colocar a Cristo Señor Nuestro en la cumbre de todas las actividades humanas honestas" (San Josemaría).

 

No es preciso aislarse para hablar con Dios y hacer su Voluntad. El nos habla con sus obras, con toda  la naturaleza creada. Nosotros contemplamos su bien hacer y no hay que escandalizarse porque el pecado haya desfigurado parte de lo que admiramos. Hay que recuperar esa parte para Dios: rezando por las personas que pasan a nuestro lado, pidiendo por las que vemos que van preocupadas o con mala cara, o con deficiencias físicas, por los pobres, por los ancianos,... saludando al Señor en cada sagrario que descubrimos, imágenes de la Señora que nos sacan piropos,... viendo la parte buena y positiva de lo que contemplamos y evitando lo pecaminoso y mundano, sin engañarnos. Esta forma de ver el mundo nos hace posible no perder la presencia de Dios en ningún lugar ni circunstancia y, además, nos ayuda a vivir bien la fraternidad con nuestros hermanos los hombres y mujeres que necesitan ayuda, comprensión, apoyo incondicional, recordando la parábola del “buen Samaritano”, con la naturalidad del cristiano que imita a su Maestro.

 

La oración sale espontánea en cualquier lugar, las 24 horas del día: trabajando, descansando, con la familia, de paseo, durmiendo,... Comento con mi Señor este asunto, le pido este otro, por esta persona, por aquella, contemplo extasiado su gloria, le pido más fe, le rezo jaculatorias y oraciones, le prometo esto, le pido perdón por aquello, le digo lo guapa que es su Madre que también es mi Madre.... esto es oración y vida contemplativa en medio del mundo que nos ha tocado vivir.