14- ESTAR EN LA LUCHA O NO ESTAR

 

 

 

No quiero volverme esquizofrénico ni vivir una doble realidad: la del espíritu y la de las pasiones terrenas. Quiero vivir plenamente esta vida sabiendo que siempre tendré el aguijón de la concupiscencia a flor de piel. La vida placentera arrastra inexorablemente si aflojo en la lucha; por eso, esta debe ser sin cuartel, sin descanso.

 

Tu doctrina, Señor, que es espíritu y vida, choca frontalmente con este mundo, materialista y hedonista. La vida del espíritu es la única verdadera, pero vivida en este mundo, con este cuerpo, en estas circunstancias, con estos medios. Acepto el reto y no valen decaimientos ni desánimos. Las derrotas son varapalos que hacen reaccionar y tomar nuevas medidas y nuevo ímpetu. Estar en este mundo, no huir como los cobardes, hasta que el Señor me llame.

 

No debemos evadirnos de nuestras luchas, enfrentamientos, disputas..., con los demás, con nosotros mismos, con nuestras tendencias..., cuando estamos convencidos de la verdad, de la verdad objetiva..., sin ira, con persuasión, con mesura, sin apasionamiento excesivo..., escuchando, razonando, dialogando, respetando las ideas..., siendo comprensivo con los demás, con nosotros mismos. Ejercitándonos en la lucha, vamos fortaleciendo el carácter, asentando nuestros ideales, robusteciendo nuestro interior; fortalecimiento muy necesario en las batallas contra el maligno, en las tentaciones que a diario se nos presentan. La vida sin contrariedades, sin diferencias de criterio, sin espíritu de mejora, de avanzar, es engañosa. Cedemos a nuestras comodidades y caprichos, a los de los demás, a las ideas de otras personas aunque no las compartamos, consentimos el error sin plantarle cara. Eso es cobardía, falta de espíritu de lucha, de lucha constructiva.

 

La paz interior con uno mismo y la alegría se forjan en la lucha, primero con nosotros mismos, en vencernos ante las dificultades que encontramos en la conquista de nuestros ideales, y después con los demás, en luchas y contiendas nobles que lleven a buen fin, que terminen en dialogo amigable, poniendo en practica nuestra capacidad de comprensión y de persuasión. De esta manera se moldea la persona sociable, preocupada por los demás, capaz de ayudar desinteresadamente, de la que uno se fía, y confía, y se apoya, capaz de liderar, de llevar a buen fin una empresa común.