13- LA ESPERANZA EN DIOS

 

 

 

La esperanza del cristiano en "el maravilloso encuentro definitivo con Jesús" es el motor de nuestra vida, es como la esperanza del navegante sabedor de que ha tomado el rumbo correcto para llegar a puerto.

 

Necesitamos la virtud de la esperanza. Sin ella, no se puede caminar por una vida salpicada de dificultades. A pesar de ellas, se conserva en nuestra alma, no se pierde, siempre y cuando la alimentemos con actos de fe, esperanza y amor a nuestro Dios. Vivimos de la esperanza en la promesa de Nuestro Señor, que nos ha prometido “el ciento por uno en esta vida y la vida eterna”. También esperamos en su bondad y misericordia -porque si no, ¿quién se salvaría?-. ¿Que me importan las penalidades y angustias si forman parte del camino que Dios me ha puesto para llegar al final, en el cielo?. Sin esperanza nada merecería la pena, estaríamos abocados a la nada, a la caducidad, a lo efímero; esta vida no tendría sentido.

 

El objeto principal de la esperanza cristiana no son los bienes de esta vida, que la herrumbre y la polilla corroen y los ladrones desentierran y roban, sino los tesoros de la herencia incorruptible: la felicidad suprema de la posesión eterna de Dios. Por eso, la verdadera esperanza solo puede proceder de una experiencia de profunda pobreza: mientras somos ricos contamos con nuestras riquezas –dinero, poder, prestigio, relaciones, autosuficiencia,…-; la esperanza consiste en contar solamente con Dios.

 

La esperanza da “alas” para elevarnos en la búsqueda de la perfección cristiana, luchando día a día por adquirir las virtudes que nos acercan al Creador de la Vida. San Pedro, con su negación del Señor y posterior arrepentimiento, ha pasado de la confianza en si mismo a la confianza en Dios, de la presunción a la esperanza. Al encontrarse con la mirada de Jesús, Pedro ha hecho su primer autentico acto de esperanza. “Todos buscamos la plena felicidad personal en el contexto de una verdadera comunión de amor, esta es la esperanza que, después de los fracasos, resurge siempre en el corazón humano, de las cenizas de toda desilusión” –Juan Pablo II-. “Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”, escribe San Agustín de vuelta de una inútil y tortuosa búsqueda de felicidad en toda clase de placer y de vanidad.

 

Cristo resucitó en la madrugada del tercer día de la tragedia del Calvario -para que se cumpliese lo profetizado- y se apresuró a consolar a su Madre y a los discípulos, iluminando esa madrugada con su luz, la luz de la esperanza definitiva. "Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó, y vana es nuestra fe", nos dice San Pablo.