11- LOS SILENCIOS DE DIOS

 

 

 

Aparentemente, Dios está al margen de nuestra vida. Luchamos diariamente por cumplir su voluntad, contra corriente, nos privamos de cosas legítimas por Él, nos vienen reveses, necesitamos perentoriamente su ayuda... y Dios permanece en silencio. Encarrilamos nuestras vidas por Sus caminos, eludiendo otros más cómodos y placenteros, intentamos dar sentido sobrenatural a toda nuestra actividad diaria, le decimos en la oración cosas encendidas, le recibimos en nuestra alma a menudo en la Sagrada Comunión... y Dios permanece en silencio.

 

En esos momentos me entran dudas: ¿Y si a Dios no le intereso para nada?, ¿y si estoy recorriendo el camino de los hipócritas?, ¿y si al final de la vida mi esperanza es vana?... Es la hora de la fe. Veo ante mis ojos un abismo inmenso, y solo cabe lanzarme al vacío, con la esperanza de que nuestro Padre Dios me recoja en sus brazos. Él no quiere interferir en mi elección "libre", libérrimamente asumida, de seguir el destino para el que me ha creado. El mismo Jesús se vio solo y abandonado por todos y por el Padre hasta el mismo momento de su muerte, en el que con una gran fe, entregó su espíritu al Padre y expiró.

 

Es la hora de la fe, y no cabe duda que esta fe nos dice "Dios sí nos escucha". Tenemos a veces nuestros sentidos insensibles a las "mociones" del Espíritu Santo, a las "mediaciones" de las que Dios se sirve para nuestro bien - un amigo, un suceso, una circunstancia aparentemente casual, etc. -. Tenemos nuestro corazón frío. Es la hora de la fe. Dios espera amorosamente nuestro cariño, nuestros detalles con Él, nuestra entrega a los demás, nuestra correspondencia, nuestra perseverancia, nuestra fidelidad, y nos da su infinito amor ya en esta vida y de forma plena en la venidera.

 

Es la hora de la fe. ¿Por que dudar?. Nos hemos arrojado al abismo y Dios nos espera, no nos abandonará a nuestra suerte. “Quiero escucharte, Señor, oír lo que se que me quieres decir y que quizá no oiga porque estoy demasiado pendiente de mi.  Pienso que me pides estar más pendiente de los demás, que les transmita algo de mi vida interior contigo, de mi poca fe. Lo intentaré, aunque sea torpemente.”